La era de los relojes
- 20 jul 2015
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Antiguamente el hombre vivía bajo las órdenes de relojes gigantes. Estos relojes dominaban el mundo, corrompían la sociedad. Los actos humanos carecían de libertad psicológica, ya que quien no acatará los deseos de los relojes, sería gravemente sancionado. Y si hablamos de la sanción, del castigo en sí, éste no sería físico, sino que afectaba muchas de las cosas que el hombre creía indispensable para la vida, pero que no lo eran.
Los relojes lograron envolver al ser humano en una cortina trasparente que no lo dejaba ver, que le hacía creer que sería el fin del mundo al no ir al ritmo de sus agujas.
Si alguien llegaba tarde a su trabajo, habría una sanción económica. Si alguien se quedaba dormido y faltaba a la facultad, habría un llamado de atención que posteriormente y ante la repetición se trasformaría en un falta, en quedar libre, en recursar una materia. Si alguien llegaba tarde a la fiesta de cumpleaños de su hija, y para colmo no ha tenido tiempo de comprar el regalo que tanto quería, habría un castigo traducido por múltiples agresiones verbales, indirectas, que lo hacen pensar a uno, que lo llegan hasta el rincón más profundo de la culpa.
Los relojes lograron controlar la rutina, los horarios, imponían que hacer y cuándo. Metieron al hombre en ese stress continuo, en la cruel enfermedad de correr, de andar apurado, de sentirse preocupado.
Y hasta cuando el hombre podía saborear el placer, con amigos, con la familia, en una tarde de asado, en una noche de cervezas, pudieron meterle el mensaje de que era momento de terminar con ese estadio. Había otras cosas por hacer al día siguiente.
Más adelante lo relojes gigantes decidieron que podían vigilar al hombre más de cerca, de camuflados a su alrededor. El hombre entonces creyó ciegamente que ahora ellos eran los gigantes, que ellos dominaban el mundo. Esa ilusión se mantuvo por siempre. Nunca se supo cuando comenzó la era de los relojes, pero algo es seguro: el hombre vive engañado y los relojes continúan siendo los amos de nosotros.
De hecho, mi reloj me dice que son las 17:56 y que me tengo que ir a trabajar.




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