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Ojalá nunca les pase.

  • 6 oct 2015
  • 3 Min. de lectura

Esta historia le pasó al amigo, del amigo de un amigo. El cabecilla del grupo, el que pasaba a buscar a todos para ir a la canchita, el que era dueño de la pelota, decidió recolectar todos los números de teléfono y armar un grupo de Whatsapp para fomentar el nuevo encuentro de la logia que en la infancia y secundaria le llenó la memoria de recuerdos gratificantes. La aplicación para smartphone permitió que estos hombres vuelvan a tener ese asado que hacía muchísimo tiempo no tenían. Pasó mucho tiempo, tanto tiempo que la mayoría no recordaba esa última vez.

El líder del grupo, Hernán, esperaba en su casa a esos hermanos que eligió en la vida. Limpió la parrilla, juntó tapitas para que cumplan la función de porotos de tanteador de truco. Compró una baraja española carísima. Ceniceros a mano. Una picada. Cerveza, fernet, vino. Tenía todo lo que se puede imaginar para que el encuentro con los pibes sea ideal. Tanta era la ansiedad que no sólo iba a asar, sino que también ya tenía hecha la ensalada.

El horario de juntada era a las 20hs. Sus amigos llegaron entre las 21:30hs y las 22:30hs. El primero en llegar, el que cumplía la función de asistente, mano derecha del asador, le empezó a contar que se compro el nuevo iphone 6. Y que estaba jugando un torneo de poker on line que comenzaba a las 21hs, por eso le dijo que no iba a poder hacerle compañía para el asado. No le iba a llenar el vaso de vino y contarle chistes estúpidos para que se entretenga. Era el torneo donde sumaba puntos y no podía no jugarlo. La cara de Hernán, era la de Sabella, cuando Gotze hizo el gol en la final del Mundial.

Al segundo amigo que llegó, su hijo, le había creado una cuenta de Facebook y su nivel de idiotismo era preocupante. Se la pasó toda la noche leyendo estados en voz alta que a nadie le importaba. Le daba like a absolutamente todo y compartía fotos que ni si quiera él entendía. Hernán se agarraba la cabeza, como Higuaín cuando erró el penal en la Copa América.

El tercer brother, como se decían en un pasado era enfermo por las fotos. Poseía un celular con 150 mil pixeles en la cámara. Y le metía mucha cámara frontal y selfie. No dejó a nadie en paz. Se sacó fotos con todo, no sólo con sus amigos, con los perros del dueño de casa, con el asado, la parrilla, con las cartas de truco. Gastó todo el tiempo de la noche tomando fotografías, que encima compartía con otro grupo de amigos que él tenía en whatsapp, para generarles envidia. Si los demás llegan a estar ahí, lo que menos le hubiese generado habría sido envidia.

El resto mandaba audios de whatsapp a su mujeres, a sus demás grupos y a su jefes para saber si en algún momento le iban a aumentar los sueldos. Uno manejaba twitter a morir y lo poco que pasaba en la cena lo expresaba en la red social del pajarito. El que manejaba la música en la notebook, estaba con todas las ventanas abiertas con redes sociales y videos de you tube. No le daba bola a nadie.

La banda de los pibes ya no era la misma. Los asados ya no eran asados. No tomaban lo que tomaban antes, no se reían como antes y ya ni si quiera se hablaba de fútbol. Cada cual estaba en su mundo, en su pequeño mundo táctil, en forma rectangular. Dejando de disfrutar de esos momentos que siempre dejaban anécdotas.

Cuando pasaron dos horas y ya habían comido. Todos con los celulares en mano, comenzaron a pedirle a Hernán, cargadores y enchufes porque se quedaban sin batería. Hernán era pura impotencia, pero solo le quedo suspirar, alcanzarle los cargadores y ponerse a jugar al FIFA sólo en la habitación. La tecnología mató el ritual, la misa, el momento más esperado por cualquier hombre en la tierra. La tecnología mató la vida misma.


 
 
 

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