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No pude, no escribir.

  • 16 nov 2015
  • 3 Min. de lectura

Pensé que no le iba a volver a escribir, pero me obligó a hacerlo. Como todo amante del fútbol, defendemos a nuestros jugadores, a los que nos dejan una sonrisa, a los que después de una jugada, lo miras a tu amigo inmediatamente y le decís, en un tono de pregunta ¿Viste lo que hizo? Y algunos me decían, “en las finales no aparece”. “El último clásico no lo quiso jugar”, “es un pecho frío”, yo calladito, esperando este momento. Es el jugador que crees que lo puede hacer, pero cuando lo realiza, no podes creer lo que hizo.

Hace pocas horas, termino la primera final de ida de los playoff del Fútbol Departamental, entre Defensores y Campito. No sé quién va a salir campeón, tampoco me importa. No simpatizo para ningún equipo, es más todos conocen que soy hincha de Ñapindá. Mejor no hablemos del verde, tengo que remitirme recién, a las de 10 temporadas que ganamos en 13 años con Maca y compañía en los 70´y 80´, porque hace mucho no ganamos nada. Lo que sí les puedo decir que aparte del verde del barrio norte, soy hincha fanático del Pato Cartosio.

Escribo porque, todavía no puedo sacarme de la cabeza el partido que hizo. Jugó contra su eterno rival, ante 4000 personas, en la final de un torneo, como si estuviese jugando un fútbol 5 con amigos, ni si quiera por una cerveza. Logró un partido casi perfecto, en un cancha destruida, peor que un potrero, donde un jugador común para dominar el balón, lo tendría que realizar entre tres y cuatro intentos.

Pero no me voy a dedicar a hablar de cada jugada que practico, voy a dedicar estos caracteres, para contarles lo que sentí en el gol que grito. No sé quién la robo en el medio, no me importa, no se quien se metió en velocidad por el sector derecho, no me interesa, pero cuando se la dieron a él en el área, era el gol de Diego a River en el Metro del 81 en la Bombonera. La bajo como príncipe, gambeteo como un rey y definió como un Dios. Me generaron un poco de lastima el arquero y el defensor de Defensores que quedaron tirados en el área. La misma lástima que me generó Boateng, en el gol de Messi al Bayern. Fue una lástima, mínima. Cuando el tomo la pelota en el área y empezó a gambetear, la percepción del tiempo fue otra, todo era en cámara lenta.

Por un momento los hinchas rivales, que son los más apasionados de todo nuestro fútbol, lo dejaron de insultar, los que estaban concentrados viendo el partido, se miraron entre ellos y se dieron cuenta que hubo fútbol, buen fútbol. No podían decir nada, se rindieron ante la excelencia de una camiseta número 10. No le echaron la culpa a nadie, ni al defensor que no llego a cortar, ni a la pelota que se perdió en mitad de cancha. Se dejaron llevar por el fútbol, y por unos segundos hasta le dieron ganas de aplaudir. De los hinchas de Campito de su club, no digo nada. Lo resumo en que a más de a un viejo se le paralizo el corazón, no respiraron, y se les formó una sonrisa, mezclada con emoción y llanto en el rostro.

Perdón por volver a repetir un relato, por volver a escribir del mismo personaje, pero no puedo, no me pude resistir, parece que las letras, palabras y oraciones las estoy vomitando en el teclado. Todos dicen que los que escribimos exageramos, pero los que estuvieron en cancha de Ñapinda el domingo, se están dando cuenta, que solo plasmamos la realidad, tal cual la vemos. Eso sí, estoy un poquito loco, pero todo este relato, es por culpa del 10 de Campito.


 
 
 

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